Hace unas semanas, en una de esas noches que no tienes ganas de ir a dormir, y en las que la programación de la T.V. no hace otra cosa más que incomodarte… de pronto una película. Once.
Me llamó la atención la puesta en escena, un cantante callejero en una ciudad británica. La cuestión; que me enganchó.
Con una poética sencilla, grata, con un discurso íntimo de las cosas y sin más marco que la propia vida -la relativa a esa ciudad- el film se desarrolla fluido, humano, con un fondo musical más que adecuado, imbricado en la imagen y en la narración, en la historia que se nos presenta en el celuloide. Me pareció una película distinta, encantadora y próxima.
Tratando el tema de músicas y películas con un compañero de trabajo, más bien un amigo, salió a relucir Once. Que bello es hablar con otro ser humano… en el mismo idioma.
Más tarde he buscado la banda sonora y no la he encontrado, cuestión de suerte, pero, mi amigo si, se la compró y pocos días más tarde me la regaló. Un hermoso presente que va más allá del objeto, lo prometo.
En Internet aparece la música, la película, y una gran cantidad de información sobre premios, protagonistas y demás. Y es precisamente en este sentido en el que quiero hacer hincapié; en un mundo cambiante en un tiempo en el que las cosas duran poco y la información fluye, queda la calidad, la humanidad, mis sensaciones sobre algo “perfecto”.
Quizá pienses en que faltan datos, los personajes, los autores, y un largo, etc. en este comentario mío, pero quizá sea mejor no romper el encanto siendo puntual, académico, obsceno.
No se trata tanto de los que es, quizá sea más importante pensar en lo que me ha hecho ser a mí, en un tiempo de cambios.



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